Madre, estoy aquí, junto a las flores de perilla que plantaste. Las hojas siguen mojadas y la niebla de la mañana cubre todo el patio. Seguro estás sentada junto al fogón, calentándote al fuego.
Me detuve mientras escribía la carta. Una y otra vez la arrugué y la tiré al rincón. El caqui del patio se balancea y un pájaro se posa sobre la carta. Sólo tengo una cosa que decir, pero el papel no deja de cambiar.
El tarro de sal sobre la plataforma de las vasijas está vacío. Tú siempre lo llenabas primero. Aún lo recuerdo: el tacto de tu mano al recoger la sal. Hace poco, en el mercado, la espalda de una anciana se parecía a la tuya.
En este barrio no quedan los mismos olores: ni el doenjang hirviendo ni el vapor de la ropa al cocerse. Sola en la cocina, hablo en voz alta. Cuando termina una frase, empiezo otra. Los cuencos siguen quietos en la repisa, y yo no logro dejar de hablar.
La carta todavía no está dentro de un sobre. Cuando intento escribir la dirección, me tiembla la mano. Probablemente me esperas, sentada sola en la cocina oscura. Pero no puedo enviar esta carta, porque temo que sea leída.

