Los callejones del barrio lunar están inclinados. En cada techo hay una antena de televisión. De niño corría por esos callejones. Por las noches los niños se reunían frente a la tienda pequeña y compartían ramyeon. La mitad de ellos ya no da señales.
Vivíamos en el lugar más cercano al cielo, en una colina donde la luna parecía inusualmente grande. Pero nuestra casa fue demolida primero, y mi madre lloró con la tierra en las manos. A escondidas puse esa tierra en mi bolsillo y la vertí en una maceta del nuevo apartamento.
Ahora allí se alza una grúa torre, y la gente que conocía se ha dispersado. Pero cuando sube la luna, todavía oigo las voces de los niños que jugaban en el callejón. Hundo el dedo en la tierra de la maceta, y una línea negra queda bajo mi uña. Le escribo a aquel callejón: ¿cómo hemos estado, todos nosotros?
