Dentro del tren nocturno todo está en silencio. A las dos de la mañana todos duermen. Miro afuera entre las cortinas: aldeas que pasan, luces apagadas. En alguna casa todavía parpadea un televisor.
El asiento junto a mí está vacío. Ahí debías sentarte tú. Compré dos billetes. Uno está arrugado en mi bolsillo; el otro sigue buscando el camino hacia ti.
El revisor se acerca y no pregunta nada. Sólo mira mi rostro y pasa de largo. Te escribo una carta: llegaré bien. En realidad ni siquiera sé adónde voy; sólo quiero tranquilizarte.
Doblo la carta y la dejo en el asiento vacío. En la siguiente estación sube alguien y la recoge. Sin leerla, esa persona mira por la ventana. Esa persona no eres tú. Yo no me levanto.
